Contrario a lo que muchas personas
creen, una de las enfermedades más ampliamente descritas desde la antigüedad
es el carbunco, mal de los trasquiladores, pústula maldita o ántrax.
Moisés ya la menciona en el Exodo (9:9) y muchos autores clásicos
como Homero, Hipócrates, Ovideo, Galileo, Virgilio y Plinio también
hablan de ella. Tenemos referencias que nos describen devastadores brotes
epidémicos durante el medioevo y en tiempos modernos. En el sur de
Europa, durante los siglos 18 y 19, fueron muchos los rebaños y no
pocas las personas que murieron debido a este mal infeccioso.
La enfermedad es producida por
una bacteria, el Bacillus anthracis, un microorganismo que en ciertas condiciones
es capaz de producir esporas muy persistentes que conservan su virulencia
durante años, agazapadas en suelos contaminados, pasturas y otros materiales.
Sus víctimas son, principalmente, animales herbívoros y las
personas que están en contacto con la lana, la piel, los huesos o restos
de animales infectados.
Dada la importancia económica
de la ganadería, el ántrax o carbunco pudo ser la primera enfermedad
de humanos y animales que fue definitivamente atribuida a un agente patógeno,
a un microorganismo específico. El francés Casimir-Joseph Davaine
así lo demostró en 1863; Robert Koch lo aisló en 1876
y Louis Pasteur creó la primera vacuna bacteriana para combatir la
enfermedad, en 1881.
Con lo anterior surge la bacteriología
e inmunología moderna. Antecedente inmediato fue el desarrollo de la
vacuna de la viruela lograda por Edward Jenner, en 1798, quien observó
que los ordeñadores de vacas eran inmunes a la terrible enfermedad.
En nuestros días, afortunadamente, la viruela ha sido erradicada, aunque
se conservan cepas del virus en laboratorios de Estados Unidos y Rusia.
La infección de ántrax
en el humano puede ser cutánea, pulmonar o intestinal. La forma más
común es la presencia de un carbunco o pústula que se desarrolla
rápidamente en una vesícula alargada con centro necrótico
que puede generalizarse y producir una septicemia (envenenamiento de la sangre)
fatal. Sin embargo, la versión más peligrosa es la infección
pulmonar (produce necrosis hemorrágica), adquirida por la inhalación
de esporas. Algunos de los síntomas que presentan los infectados son
altas temperaturas, espasmos, trastornos respiratorios y cardiacos, convulsiones
y, a los tres o cinco días la muerte del enfermo. Si la enfermedad
es diagnosticada a tiempo puede ser tratada exitosamente con sueros antiántrax,
derivados arsénicos y antibióticos.
En el pasado siglo XX se registraron
menos de 20 defunciones por esta enfermedad en Estados Unidos. Los riesgos
de infección para las personas que laboran en rastros, talabarterías
y procesos textiles relacionados puede ser minimizados mediante esterilizaciones
de los materiales potencialmente contaminados, mascarillas y ropas protectoras,
locales con buenas condiciones sanitarias y, sobre todo, campañas sanitarias
que detecten a animales enfermos.
Por desgracia, este mal que
parecía haber dejado de ser una amenaza para la humanidad, como lo
fue la viruela, ha vuelto a estar en las primeras planas de los diarios debido
a que la bacteria y sus esporas podrían ser utilizadas como armas biológicas,
aprovechando criminalmente las características de virulencia y rápida
evolución de la enfermedad que provocan. No obstante, es en extremo
remota la posibilidad de que el ántrax se convierta en una epidemia
generalizada. El tratamiento (vacunas y antibióticos) de las personas
que estuvieron en contacto con la bacteria abate significativamente los riesgos.
Además, es crucial tener
en cuenta el aspecto epidemiológico: se conocen los síntomas
y modos de transmisión de estos patógenos, de lo cual está
plenamente consciente la comunidad médica y científica del país,
que cuenta con epidemiólogos y microbiólogos de estatura internacional.